Sumarse a un grupo numeroso de personas, estando uno solitario, puede traer problemas a la hora de la alimentación.
La cuestión es que el martes a la noche, tras una buena pero dura jornada laboral, me dispuse a volver a casa cuando una de mis compañeras de trabajo de esa noche (un laburo esporádico) me propuso sumarme a sus colegas para una cena colectiva. Estaba solo, así que acepté.
En todos los grupos hay una voz cantante, y acá el líder temporal propuso ir al bar palermitano Limbo, sobre la calle Armenia.
Creo que "palermitano" hoy se ha convertido en un adjetivo calificativo peyorativo, y le sienta bien al lugar: mucho caretaje, altos precios y no tan efectiva calidad.
Fuimos con una picada para 4, por $80.
Debo decir que la cantidad era generosa: cinco o hasta seis pueden disfrutarla, con buenas paneras acompañándola.
Lo que hay que destacar es que, si bien había mucha cantidad de comida, una picada no es sólo amuchar fiambres en una tabla: en teoría, todo ingrediente tiene su razón de ser. Y por más que acá habían embutidos y quesos, estaban apilados sin un orden lógico.
Lejos estoy de ser un racionalista de la picada pero, ¿Para qué ponés provoleta si no la vas a proteger? Al poco tiempo era una masa deforme de queso semisólido que se había pegoteado al resto de los ingredientes. ¿Por qué no poner un cuenco para las aceitunas, en lugar de dispersarlas sobre una tabla sin bordes?
En fin, reconozco que, si bien soy escepticísimo en cuanto a la atención en este tipo de lugares porque siempre suele ser mala, el mozo que nos tocó tuvo paciencia zen hasta que nos decidimos a ordenar.
Pero tal vez fue sólo suerte.
28.8.08
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario