A.J.V., maestro del amasado, me agasajó en su casa con unas cintas caseras.
Llegué como para contemplar el amasado, disfrutando de espectador absoluto -la verdad es que por el momento, mejor que mis manos no se inmiscuyan en cuestiones pasteriles porque no tengo idea de cómo manejarme en ese metier-.
La magia de harina, huevo, agua... y amor, mucho amor al bollo en cuestión.
El laburo clásico: amasado, descanso, tintillo de por medio mientras aguardábamos.
La simpleza de la pasta era principalmente para dedicarnos a degustar un regalo recién recibido por el anfitrión: un aceite de oliva traído directamente desde Roma, aromatizado con peperoncino y hierbas.
Sinceramente, el olio era bastante fuerte, como para darle un toque nomás a la pasta.
-Ojo, yo disfruto del picante, pero es importante diferenciar el placer del sufrimiento en la papila gustativa (sucede mucho que quienes se autoproclaman reyes del picante no hacen más que alardear de un soporte lingüístico literal, más que disfrutar del picor en debate)-.
Pero como A.J.V. es un tipo precavido, arrimó a la mesa un aceite de oliva raso, como para hacerle la pareja. Había queso de rallar, pero lo cierto es que en estas cuestiones tal vez va mejor la pasta en solitario con el oliva.
Regamos las gargantas con un tinto que llevé yo a instancias de mi tío, R.Z. Él me había hablado demasiado bien del Finca Beltrán Dúo Tempranillo-Malbec, que si bien se deja tomar y es gustoso, lejos está de ser la maravilla anunciada por el marido de la hermana de mi madre.
La conclusión, histórica y harto repetida, es que una pasta casera es incomparable.
6.1.09
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario